Por Cesar Rengifo
«¿Qué haces durmiendo? Levántate y clama a tu Dios; quizá Él tendrá compasión de nosotros, y no pereceremos». (Jonás 1:6)
Este fue el llamado de atención que el capitán del barco hizo a Jonás mientras dormía en medio de una gran tormenta en alta mar.
El relato bíblico nos cuenta que Jonás se embarcó con destino a Tarsis (probablemente Andalucía, España), y que durante su viaje por el peligroso mar Mediterráneo se desató una gran tormenta. Todos los marineros, pensando que morirían, «clamaban cada uno a su dios». A excepción de uno que, para sorpresa de muchos, se encontraba durmiendo bajo cubierta. Pero no era el sueño procurado por la confianza en Dios, sino más bien el sueño del obstinado que se rebelaba contra la suprema voluntad del Creador, quien le había dado claras instrucciones de lo que debía hacer.
Este es un relato histórico notable que vino a mi mente después del fuerte terremoto de 7,4 Mw que sacudió a nuestro país el pasado 10 de agosto a las 7:34 de la mañana. Vino a mi mente porque me llamó mucho la atención escuchar a la mayoría de las personas, movidas por el miedo, invocar a dios, como los marineros del texto de Jonás.
Mientras veía cómo los edificios del lugar donde vivo se mecían de un lado a otro, observé el clamor de la gente, gritando asustada y, con gran asombro, invocando a Dios. Y me pregunté: ¿invocará cada uno a sus dioses, como los marineros del relato bíblico?, ¿o habrá quien invoque al Dios de Jonás?, el único Dios verdadero y soberano, el único que tiene el poder de gobernar la naturaleza. Y si tiene el poder de controlar la naturaleza, ¿por qué permite estas cosas? ¿Es un castigo?
¿Juicio arbitrario o advertencia amorosa?
Un evento de tal magnitud como este terremoto podría no parecer una advertencia amorosa para quienes lo han perdido todo o han perdido a un ser querido. A estas personas enviamos nuestras más sentidas condolencias y oramos para que puedan recibir el consuelo y la ayuda necesarios en estos momentos.
Sin embargo, y lejos de querer ser insensible, permítanme abordar este tema desde una perspectiva general de lo que fue este terremoto y de las consecuencias que vivimos.
Un Dios soberano
Lo primero que podemos observar es la soberanía absoluta de Dios en eventos como este.
La Biblia, que es la Palabra de Dios, nos enseña de forma clara que Dios tiene el poder de hacer lo que quiera con su creación y que todo le pertenece. Pasajes como el Salmo 135:6, el Salmo 115:3 o el libro de Daniel 4:35 nos dejan claro que Dios hace todo según su voluntad. Y, si leemos con atención pasajes como esos, notaremos que nos dicen que él hace no lo que puede, sino lo que quiere.
¿Quiere esto decir que él quiere que suframos con tragedias como los terremotos? No. Eso sería contradictorio con la enseñanza bíblica, que dice que él es un Dios amoroso y que no se complace con el sufrimiento de sus criaturas. Ni siquiera se complace con la muerte del impío. Dios no halla complacencia en el sufrimiento humano.
Cuando leemos que él hace, o ha hecho, lo que ha querido, quiere decir que todo responde a su propósito, a su plan. ¿Y cómo encajamos el sufrimiento humano con el Dios de amor?
Estos eventos nos llaman a considerar nuestros caminos
Es importante mencionar que nuestra definición de amor no siempre coincide con lo que es el amor de Dios, quien es la única fuente del verdadero amor y, por lo tanto, es Él y no nosotros, quien lo define.
Vivimos en un mundo en el que el amor es una emoción que responde a sentimientos de indulgencia, a menudo pecaminosos; pero Dios no se mueve por emociones o pasiones, sino por principios, elevados principios acordes con su naturaleza santa.
Y ciertamente debemos reconocer que, como sociedad, hemos dado la espalda al verdadero Dios. Este es un pueblo que nombra a Dios en todo momento, más aún en medio de la tragedia, dando la impresión de ser una «sociedad cristiana», pero cuyo corazón está muy lejos de Él (Isaías 29:13), del Dios de la Biblia, del único y verdadero Dios, creador del cielo y de la tierra.
Por lo que podemos pensar que hay un propósito de disciplina en estos eventos (Números 16:30), pero, sobre todo, hay un llamado a considerar nuestros caminos y nuestra relación —si es que existe relación alguna— con el Dios todopoderoso.
El lunes, a las 7:30 de la mañana, la mayoría se encontraba dando inicio a sus labores o dirigiéndose a ellas. Quizá muchos ni se acordarían de Dios. Pero unos minutos después, todo pensamiento fue reemplazado ante la posibilidad de morir. La mayoría se acordó de que hay un Ser capaz de ayudarles ante una situación que pone de manifiesto nuestra fragilidad y pequeñez.
Es algo que nos humilla profundamente tener que dejar atrás los enseres, la casa y todos esos objetos por los que trabajamos y a los que estamos tan apegados, a veces demasiado y de los que a menudo alardeamos y nos enorgullecemos de tener, para salir corriendo y resguardarnos mientras invocamos al Dios que tanto hemos ofendido, esperando que quiera ayudarnos, cuando lo que merecemos es el juicio.
Advertencias amorosas
Sin embargo, no estamos ante un juicio, y menos aún ante el juicio final, sino ante una advertencia de parte de Dios, que nos llama a reconocerle y buscarle.
Y, a pesar de que nos alejemos de este pensamiento y nos cueste entenderlo, esta es la razón para todas las catástrofes inesperadas, ya sean virus, plagas, pandemias o desastres naturales de todo tipo. La Biblia dice que estas cosas vendrán más a menudo en los «últimos días».
Una advertencia del Señor no es como el juicio final, pues es una expresión del amor de Dios, que urge a las personas a volverse a él, mientras que el juicio final cerrará finalmente la puerta de la misericordia para aquellos que rechazan el evangelio.
Y es algo que podemos percibir si notamos cómo, en medio de tan difícil situación, vemos la mano misericordiosa de un Dios que, aunque airado por nuestro pecado y maldad, detuvo su mano y preservó la vida de muchos de nosotros.
Por todos lados escuchamos testimonios de lo cerca que estuvieron de que todo acabara, pero se detuvo. Algunos vieron atónitos cómo los muros se resquebrajaban de tal modo que, de haber durado unos segundos más, no lo habrían contado. Y hoy ya están pensando en cómo reconstruir sus casas y sus vidas, ya que solo fue una advertencia.
Y aunque esta catástrofe nos detiene, nos asombra y nos humilla, ciertamente nos recuerda que somos personas y que estamos en manos de un Dios ante quien hemos de rendir cuentas.
Y es que todos, un día, lo creamos o no, estaremos delante del Juez eterno, tal y como lo muestran muchos pasajes, por ejemplo: 2 Corintios 5:10 y Hebreos 9:27, entre otros. Y esto será sin excepción de personas: ricos y pobres, de renombre o sin fama alguna.
Después de un sismo como este, los que quedamos no debemos despreciar la paciencia del Señor. Recordemos que, si bien Dios es amor, también es santo y justo.
Llamado a la reconciliación.
La Biblia menciona varios terremotos, pero hay uno que en especial llama mi atención, y es el que se relata en el libro histórico conocido como Hechos de los Apóstoles, en el capítulo 16, versículo 26:
«Entonces sobrevino de repente un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se sacudían; y al instante se abrieron todas las puertas, y las cadenas de todos se soltaron».
Quiera Dios usar este terremoto, que sacudió los cimientos en Colombia, para abrir muchas puertas de los corazones a escuchar el evangelio de salvación, y para que muchas cadenas de pecado que tanto atan a mi querido país se suelten.
Puede que esta no sea la última advertencia o disciplina, aunque su «justa indignación» aún no se ha desatado totalmente.
Y si tú, como hemos leído acerca de Jonás al comienzo de este artículo, estás durmiendo, bien sea porque no te afectó o por simple indiferencia, escucha la voz del Capitán celestial, que te dice:
«¿Qué haces durmiendo? Levántate y clama a tu Dios; quizá él tendrá compasión de nosotros, y no pereceremos». (Jonás 1:6)
En la Iglesia Tabernáculo de Gracia de armenia, estamos orando por aquellos que están sufriendo y nos esforzamos en ayudar de forma práctica a los que podemos.
Y es digno de mención la alegría que da ver los muchos actos de amabilidad que estamos presenciando entre las personas. Pero es vital que prestemos atención al mensaje y al significado de este terremoto.
Su propósito es llamarnos al arrepentimiento y a la reconciliación con Dios, a venir al Salvador, nuestro Señor Jesucristo, quien ha abierto un camino a la salvación al sufrir y morir por pecadores en la cruz del Calvario.
Confiar en Él, arrepentirte de tus pecados y rendir tu vida a Él es recibir de él una vida nueva y eterna.
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